Por las redes sociales dicen que el Orinoco está llegando a la cota más alta. Ese es el drama que agobia a los habitantes de las riberas que se ven afectados por el desbordamiento de las aguas. Desde mi infancia en Ciudad Bolívar, recuerdo que las crecidas del río eran protagonistas anuales en la historia de esa ciudad que vive mirando al río. Como dice Gallegos en Canaima, “Ciudad Bolívar, se empina para contemplar su río y frente a ella en la mitad del cauce esta la piedra del medio que mide la oscilación periódica del nivel de de las aguas”.
Por el viejo y famoso malecón de la Viajera del rio, nos llevaba mi padre a ver cómo subía el nivel del agua en la misteriosa piedra del medio, que se levanta en medio de la corriente entre ciudad, Bolívar y Soledad, también llamada “el Orinocometro”, cargada de míticas leyendas, que cuentan ancianos orilleros, como la de la culebra de las siete cabezas, o la que alerta sobre el peligro de que las aguas pasen por encima de ella y desaparezca la ciudad.
Cuenta Américo Fernández, en su libro El luchador de ayer, que gentilmente me ha enviado mi amigo Julio Diaz, que en el año 1909, se produjo una de las mayores inundaciones que se recuerde: fue la medianoche del 23 de marzo, cuando se rompe el dique que contenía las aguas que penetrando en el centro de del la ciudad, afectaron a más de 60 casas. (...) La gente de Ciudad Bolívar atribuyó el desastre al paso del cometa Halley, que ese año se acercó a la tierra y se hizo visible desde Venezuela.
En Puerto Ordaz, las inundaciones se producen principalmente por los lados de Castillito y el barrio Los Monos. Por allí, en tiempos de crecidas, el agua inunda los terrenos orilleros y las viviendas que en ellos están construidas. Inclusive, la desaparecida, Hermandad Gallega, se vio afectada en más de una oportunidad por el desbordamiento del río, al extremo que hasta un caimán apareció en la cancha de fútbol
Estos fenómenos naturales han inspirado destacadas páginas literarias. Juan Rulfo, en su libro. El llano en llamas, nos regalan el cuento, es que somos demasiado pobres, donde el río es protagonista del drama. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar enseguida y pegar el brinco de la cama, con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa." Así son los ríos.
Como los guayacitanos no tenemos un “Caronicómetro" que mide las crecidas popularmente, este sábado me acerqué a la orilla del Caroní por los lados del parque La Llovizna para ver cómo está el río. Indiscutiblemente, está muy alto (como se dice coloquialmente). Las aguas se meten en el bosque, y en el puente de Macagua, se puede observar que casi llegan a las marcas más altas de años pasados. No sé cómo la estarán pasando los que viven en las riberas; ojalá que no sea tan mal, porque una cosa es el placer de pasear por la orilla del río y la otra vivir allí, con sus alegrías y sus tristezas.