Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

lunes, 30 de diciembre de 2024

¿Chismosos o cronistas de licorería?


La renuncia del cronista oficial de la ciudad, fue motivo de conversación sobre el perfil de la persona que merece ocupar ese cargo. Un amigo, que se destaca recuperando gráficamente el pasado, me dijo que, considera innecesario recibir un nombramiento oficial, porque ya los habitantes han reconocido su labor, y,  muchas veces, es preferible ser “cronista popular” por iniciativa propia, que cronista oficial dependiendo de la voluntad de las autoridades.

Al margen de este importante debate, en estos días decembrinos, cuándo en Los Olivos se realizan las tradicionales “caimaneras” que reúnen a los futbolistas de ayer y hoy, así como a los amigos que se anotan en el compartir etílico  posterior al evento, se comentó que, en la urbanización, hay muchas personas que destacan en el arte de conversar y contar anécdotas; en este sentido, personalmente, me atrevo a decir que,  entre esos “cronistas populares”  existen unos  “ cronistas de licorería”.

En efecto, en conocidos establecimientos mercantiles dedicados a la venta de licor,  siempre podemos observar la presencia de consumidores que no se apartan del lugar, sino que pasan largas horas bebiendo y conversando. Son personas de diferentes edades: en el pasado, casi todos eran del sexo masculino,  pero ahora hay vecinas que demuestran tener un “buen saque” para la cervecita, que siempre remedia el calor del cuerpo y a veces aligera el peso de la vida.

Entre esos personajes, destacan quienes ejercitan la memoria repasando los acontecimientos de la vida vecinal: el comportamiento de los vecinos, tanto  en lo familiar,  como en lo económico, político o sexual,  es lo que principalmente ocupa el tiempo de ocio que  los circunstantes pasan en esas pequeñas “ágoras vecinales”; con frecuencia se recuerda al ingrato, que se olvidó de la familia o los amigos; el que nunca ha trabajado y vive a costilla de la mujer o los hijos;  el primer “tipo raro” de extraño comportamiento sexual;  la primera mujer liberal que salió embarazada,  sin olvidar a los destacados artistas del “transfugismo”,  que siempre se arriman al partido  que gobierna, manifestando fidelidad incondicional con quienes detentan el poder.

De eso, y mucho más  se ocupan esos cronistas de licoreria, que también elogian a los personajes virtuosos que han servido como ejemplo de lo que significa ser un buen vecino: los que con su esfuerzo levantaron familias, educaron correctamente a sus hijos, dejando una herencia moral importante para la urbanización y la ciudad, que gracias a Dios son la mayoría

 Es posible  que me digan  que estoy confundiendo el elevado oficio del cronista, con los chismes de las “lenguas de doble filo”, a que se refiere Rafael de Leon en su Profecía, que también se hace presente, cuándo algún bebedor despechado se abraza al verso  para desahogar sus sentimientos. Él problema es que ahora se ha puesto de moda colocar en la entrada de los locales,  cornetas que reproducen a elevado volumen insoportables reguetones,  que según Leonardo Padura, son la expresión del deterioro de la sociedad y, muchas veces, no dejan oír las  historias de los cronistas de licoreria; que gusten o no, son producto de eso que se llama la cotidianidad  de la gente


jueves, 12 de diciembre de 2024

Las brechas sociales en los orígenes de Los Olivos


Decir que en Los Olivos nunca hubo diferencias entre los vecinos es absurdo, porque en todo grupo humano siempre existen aunque no guste reconocerlo. Lo qué pasa, es que a diferencia de otros sectores de la ciudad, en sus orígenes había una variedad urbanista que propiciaba la convivencia entre personas de diferentes estratos económicos. En efecto, al recorrer la urbanización, nos podemos encontrar que las  llamadas casa-quintas se encuentran mezcladas con otras construcciones mucho más humildes.

Cuándo se inicia la construcción de las primeras viviendas de Los Olivos, empresas constructoras privadas desarrollaron conjuntos habitacionales formados por viviendas diseñadas para la clase alta o media de la sociedad y, al lado de estas,  instituciones de desarrollo social, como el Banco Obrero o el Instituto Nacional de la Vivienda (INAVI), construían casas sencillas y de bajos costos, diseñadas para el beneficio de la clase obrera regional.

 En virtud de esto, “cuando los Olivos no era puerto Ordaz”,  profesionales, comerciantes, empleados de empresas básicas, obreros e inclusive campesinos que vivían en las cercanías, compartían la misma vida vecinal sin ningún tipo de prejuicio: los padres iban a las mismas misas, las mismas fiestas de carnaval o tomaban en las mismas licorerias;  los jóvenes iban a la misma escuela, jugaban en los mismos equipos de fútbol o iban de pescar juntos al río. Todos compartían una comunidad con costumbres parecidas. De allí nacieron muchas amistades y familias que, por encima de los tropiezos naturales de la convivencia, se han mantenido a lo largo del tiempo formando una especie de “sentimiento oliveño”.

Eran buenos tiempos para vivir, cuando no se había complicado tan intensamente  la vida y no era tan caro mantener o disfrutar la existencia, porque teniendo un trabajo que garantizara un sueldo para las necesidades básicas, tiempo para compartir con la familia o los amigos, leer u oír la radio, era suficiente. Después la ciudad creció y lamentablemente llegaron los demonios que, paradójicamente, siempre acompañan al progreso