En tiempos de pantallas y prisa, existen espacios que se resisten a la desmemoria. De eso me acordé mientras escuchaba las intervenciones de los organizadores del 10º Concurso Buscando Poetas. Esta iniciativa, una trinchera más levantada por Mariela Mendoza y su equipo de Buscadores de Libros, es un faro necesario: intenta evitar que la cultura naufrague en las tormentosas aguas de la vida digitalizada. Al final, estos actos, al igual que la poesía misma, no solo transmiten información; van mucho más allá, reviven el sentimiento y nos devuelven la certeza de lo que somos. Como bien intuía Gustavo Adolfo Bécquer, podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.
El ganador de esta edición resultó ser un joven estudiante de medicina de Ciudad Bolívar, José Gabriel Rondón Aquino, un hecho que me toca de cerca. Pasé parte de mi infancia en esa ciudad, estudiando en el Grupo Escolar Carmen Luna Lezama de Vista Hermosa. Allí, impulsado por el amor de mi padre a la lírica, me animaban constantemente a declamar en actos culturales. Al extremo de que, con escasos doce años, me subí al escenario de la Concha Acústica para interpretar el tétrico y profundo poema de Rubén Darío, Lo fatal. Pero no he venido a hablar de mí, sino de los homenajeados y del evento.
Vale la pena comenzar por los artífices de esta obra. Mariela Mendoza es una persona que demuestra hasta dónde se puede llegar cuando las cosas se hacen con genuino afecto, sin contar con los grandes recursos que hoy se exigen para todo. Esta décima edición de un concurso de elevadísima calidad —que ha contado incluso con jurados internacionales— es prueba de ello. Al lado de Mariela está Diego Rojas Ajmad, otro personaje que al lado del amigo Carlos Yusty realizan un verdadero apostolado en defensa de la literatura, en tiempos donde los lectores parecen una especie en extinción. Por su sapiencia en la materia, Diego se ha convertido en el pilar de este concurso nacional, un producto guayanés de indiscutible valor.
El acto abrió con la intervención de la coral Zaranda y son , integrada, entre otros, por un grupo de entrañables amigas. Personas que no se contentan con la comodidad del desinterés, sino que prefieren seguir colocando pequeños ladrillos en el edificio cultural de la ciudad.
Finalmente, el veredicto nos regaló el poema del ganador: unos versos cargados de palabras que actuaron como dardos sentimentales en el auditorio. La velada cerró con la fuerza de esa creación, recitada magistralmente por una joven voz que conmovió a los presentes, demostrando que, efectivamente, en estas trincheras de papel la poesía permanece invicta.







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