Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

miércoles, 26 de agosto de 2026

Ir u oír misa en la Iglesia de Los Olivos

 

Decía un amigo jesuita que cuando las obras son de Dios no desaparecen, sino que permanecen e inclusive se engrandecen. Eso es exactamente lo que considero que ocurre con la parroquia Nuestra Señora de Coromoto de Los Olivos (a la que, en adelante, llamaré simplemente la Iglesia de Los Olivos para facilitar la lectura). 

Soy un observador permanente de la vida parroquial. Al vivir muy cerca, el repique de las campanas me anuncia la celebración de los sagrados oficios y el peregrinar de los fieles a las horas señaladas para participar en la Santa Misa se han convertido en mi referencia cotidiana, sin necesidad de consultar el reloj. 

La parroquia posee una vitalidad especial no solo por los tiempos litúrgicos que marcan su ritmo, sino por las múltiples actividades de atención y servicio a la comunidad. Todo esto es fruto del compromiso abnegado de sus feligreses y, muy especialmente, del dinamismo incansable de su párroco, el padre José Gregorio Salazar, quien atiende sus deberes pastorales con entrega ejemplar. Da testimonio de ello el rigor y la devoción con que celebra las homilías. Como muestra, la jornada dominical ofrece tres celebraciones Eucarísticas matutinas: la primera a las siete de la mañana, ideal para quienes buscan el encuentro con el Señor al alborear el día; la segunda a las nueve, para quienes prefieren la mañana madura; y la última a las once, en un horario propicio para la juventud que colma el templo, justo en esa hora en que las necesidades del cuerpo comienzan a manifestarse a la par de las ansias del espíritu. Y cierra el día con la misa de la tarde. 

En estos tiempos de constante diálogo dentro del catolicismo, se debaten los profundos cambios que la evolución tecnológica —y de manera muy particular la inteligencia artificial— traerá a la vida religiosa. Se escucha a menudo, aun con la mejor intencionalidad, que la Iglesia debe «adaptarse a los nuevos tiempos». Sin embargo, mantengo serias reservas en lo que respecta a la dimensión estrictamente espiritual. Mi labor profesional me ha llevado no solo a estudiar, sino a trabajar de cerca con la virtualidad y la educación a distancia, e incluso a analizar las virtudes y riesgos que la inteligencia artificial plantea hoy en el ámbito académico. 

Desde esa perspectiva, y en lo relativo a la fe, me resulta difícil concebir la existencia de una «espiritualidad virtual o artificial». 

Hace algunos meses me invitaron a un conversatorio sobre la diferencia entre la esperanza religiosa y la esperanza filosófica. El punto de partida fue el libro sobre la esperanza del filósofo coreano Byung-Chul Han, quien, a través de un recorrido por la mente de ilustres pensadores, intenta descifrar qué significa esperar para el hombre contemporáneo. 

Sin ser teólogo de profesión —pues mi terreno de estudio es la filosofía—, he seguido con atención la Doctrina Social de la Iglesia. Recuerdo que el papa Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi («Salvados en la esperanza»), destacaba que la esperanza cristiana es radicalmente distinta del mero optimismo, la expectativa o cualquier sentimiento positivo de carácter profano. Basándose en la Carta a los Efesios, el pontífice nos recordaba que la esperanza religiosa no se fundamenta en un hecho, un dato o —añadiría yo— un algoritmo, sino en el encuentro personal con Dios. 

Me llamó la atención que el referido filósofo, tras examinar diversas corrientes teóricas, concluyera que la esperanza es mucho más que una proyección optimista: es un estado del ánimo y una disposición de la existencia. A ello agregaría lo que expresaba Julio Cortázar: la esperanza pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. 

¿A dónde quiero llegar con esto? Del mismo modo que la esperanza religiosa trasciende las perspectivas humanas para elevarse al encuentro con lo divino, no creo que la vivencia sacra y comunitaria que se experimenta en el templo pueda ser sustituida por las máquinas. De igual forma, miro con reserva la práctica, cada vez más extendida, de acudir a la inteligencia artificial para aproximarse a la Palabra de Dios; si bien es una herramienta factible, exige suma cautela (aspecto sobre el cual he reflexionado en otra ocasión). 

Por ahora, doy gracias a Dios porque, en tiempos de intensa secularización, las campanas siguen sonando y el pueblo de fe continúa acudiendo a la Iglesia de Los Olivos para encontrarse con el Señor en la Santa Misa. 


 


 


 


 

jueves, 20 de agosto de 2026

La pasion interminable

En Los Olivos el fútbol es mucho más que un deporte. Para muchos, sin exagerar, es una razón de vivir. La historia de Los Olivos tiene como capítulo importante la historia de su fútbol. Cuando eran apenas cuatro calles semiasfaltadas, ya los muchachos jugaban fútbol en ellas. Después, en el terreno donde está ahora el centro comercial frente a la iglesia, hicieron una cancha donde se jugó el famoso torneo interbarrios. Posteriormente se instalaron en su destino definitivo, donde hoy se encuentra un minicomplejo deportivo en el que no solo se juega fútbol, sino que también se realizan otras actividades, convirtiéndose en un espacio para el compartir vecinal.

El fútbol marca la pauta: sus equipos *senior* y *super senior* se mantienen casi siempre en los primeros lugares de los torneos regionales, y las escuelitas también crecen en participantes y éxitos.

Cuando se fundó Los Olivos, había tres lugares comunes que marcaban la vida vecinal: el colegio, la iglesia y la cancha de fútbol. La iglesia y la cancha, que han estado a cargo tanto de los feligreses como de los aficionados, se mantienen como un ejemplo distintivo de buena organización. El campanario de la iglesia es un símbolo que se observa desde todas partes y llama a acercarse a las celebraciones religiosas; por su parte, la cancha de fútbol, ubicada en el centro y dispuesta de tal manera que la calle queda más alta que ella, se convierte en una especie de plaza central hacia donde se dirigen todas las miradas de quienes atraviesan la urbanización.


Las mañanas en la cancha despiertan con un simpático grupo de señoras que, sin importarles la edad, bailan alegremente retando así las adversidades de la vida. Después llegan los muchachos a sus entrenamientos. Los miércoles se realizan las populares «caimaneras», donde se juega con más pasión que en un evento de liga profesional, y los sábados los equipos de los mayores salen al terreno para darle continuidad a esa pasión interminable.

Si alguien quiere vivir lo que es la pasión del fútbol para la gente de la urbanización, basta con acercarse a las tribunas y escuchar a fanáticos y jugadores. Allí las jugadas se discuten como si fueran del Mundial, a veces subiendo de tono y exigiendo a los que ya toman la curva de los 60 que tengan la destreza de los jóvenes. Todo esto aderezado con las anécdotas de eventos pasados donde, con éxito o sin él, se vivió de manera intensa esta pasión que no termina.


-



miércoles, 5 de agosto de 2026

Kung Fu en Los Olivos

A principios de los años 70, una serie de televisión atrapó por completo a los jóvenes de la época —y a otros no tan jóvenes—. Se llamaba Kung Fu y en ella se narraban las aventuras de Kwai Chang Caine, un carismático monje shaolín a quien su maestro llamaba cariñosamente «Pequeño Saltamontes». El protagonista se vio obligado a huir de China hacia el Lejano Oeste estadounidense tras haber vengado la muerte de su mentor. En medio de aquella fiebre por las artes marciales y la cultura oriental que comenzaba a conquistar a Occidente, la serie se ganó de inmediato la empatía del público. En el caso específico que nos ocupa, en esta cálida ciudad sembrada entre el Orinoco, y el Caroni, muchos jóvenes cayeron bajo el hechizo de la pantalla y comenzaron a imitar las costumbres de aquel héroe melancólico.


Saltamontes era un caminante incansable que recorría largos trayectos descalzo o con sencillas sandalias, llevando consigo un mensaje de paz pero repartiendo algunos golpes certeros cuando la situación lo ameritaba. Paralelamente a su formación espiritual, era un experto letal en el arte del combate. Quedaron grabadas en nuestra memoria aquellas escenas recurrentes en las que el personaje, con su apariencia humilde y andrajosa, era subestimado o humillado por matones locales. Poco después, los arrogantes tenían que pagar las consecuencias cuando aquel viajero silencioso se revelaba como un luchador invencible que intentaba evitar el conflicto, pero que desataba una fuerza implacable cuando la justicia lo exigía.


A la acción de Caine la acompañaban siempre profundas reflexiones filosóficas aprendidas en el templo. Frases que, palabras más, palabras menos, se nos quedaron grabadas a fuego: «No busco la violencia, pero no le temo», «Si te doblas como el bambú, no te romperás» o aquella lección sobre el tiempo que nos recordaba que no debíamos dejar que el pasado nos robara el presente.


En la urbanización Los Olivos no tardaron en aparecer verdaderos fanáticos del monje caminante. En parte, porque el trazado del sector siempre ha sido una invitación abierta a andar a pie; podías recorrerlo de punta a punta entre la brisa y la tranquilidad de aquellos años. Por entonces, cuando las distancias hacia el centro de Puerto Ordaz parecían más largas y el transporte era distinto, muchos jóvenes preferían abrazar la filosofía del andante antes que pedir cola o subir a un vehículo.


Vistos desde la distancia del presente, eran tiempos entrañables. Hoy, al evocar aquellos días, los recuerdos regresan con una pizca de nostalgia, trayendo de vuelta a los personajes que una vez poblaron la imaginación y la cotidianidad de los muchachos de Los Olivos.


domingo, 2 de agosto de 2026

El día que un presidente pasó por Los Olivos

En estos tiempos donde abundan los que compiten por ser "los pioneros" o los protagonistas exclusivos de la historia local, ha surgido una pregunta que despierta la curiosidad de más de uno: ¿Algún presidente de la República visitó alguna vez Los Olivos? Y de ser así, ¿quién fue? 

Para encontrar la respuesta hay que acudir a la memoria viva de la comunidd, a la experiencia de los vecinos que ya rondan o superan los 80 o 90 años. Entre esos relatos familiares guardados con cariño, recojo lo que suele contar mi suegra. Ella recuerda con total lucidez, el día en que vio pasar frente a su casa, en la calle Portugal, al mismísimo presidente Raúl Leoni, cuando vino a Guayana a inaugurar la Planta de Tratamiento de Agua de Toro Muerto. 

Aunque la memoria a esa edad no siempre guarda la precisión de una fecha en el calendario, el recuerdo se ubica, más o menos, por el año 67. Lo que sí se mantiene intacto es el "cuadro de aquel momento" es que el presidente Leoni pasó en su vehículo (una limusina negra) encabezando una modesta caravana de no más de 10 carros. A su paso, saludaba sonriente a los vecinos que se acercaban a la orilla de la calle para devolverle el saludo. 

Por aquel entonces, Los Olivos era un sector muy pequeño (como se puede ver en la fotografía que ilustra el inicio de este blog). Sus límites: al norte con la calle Mediterraneo, al sur con la calle Palermo, al Este  con la carretera que conducía a Toro Muerto y la entrada al Vivero (que para esa época aún no se había convertido en el Parque Loefling, ni mucho menos existía la avenida Leopoldo Sucre Figarella) y por el oeste con la Carrera Nápoles.

El presidente Leoni atravesó la comunidad por la calle Portugal en sentido este - oeste, rumbo a la calle Trieste y de allí hacia los lados de Toro Muerto. Fue un breve recorrido, Sin embargo, en el sector quedó grabada para siempre la anécdota de aquella visita. 

Hoy en día, varias señoras de avanzada tercera edad aún recuerdan con emoción el momento en que salieron de sus casas para ver de cerca a ese mandatario guayanés, recordado con profundo afecto en la historia de nuestra región y del país. 

domingo, 7 de junio de 2026

1966: El verano en que Pelé y Yashin habitaron Los Olivos

El 11 de julio de 1966, mientras el mundo ponía sus ojos en la lejana Inglaterra para inaugurar el campeonato mundial de fútbol, la urbanización Los Olivos apenas despertaba a la vida. El vecindario era una criatura joven de escasos siete meses; sus primeros pobladores habían colonizado la manzana 11 de la calle Portugal en noviembre de 1965. En aquel entonces, las noticias del planeta no llegaban con la inmediatez de un rayo, sino como susurros distantes. Los pocos medios que alimentaban la imaginación de los muchachos eran los periódicos que viajaban desde Puerto Ordaz y los boletines de las radios locales, que traían ecos de hazañas extranjeras.

Titanes de tinta y ondas de radio

La propaganda de aquella fiesta balompédica esculpía a sus héroes como gigantes mitológicos. Los muchachos del barrio devoraban las revistas deportivas que presentaban al indiscutible rey, Pelé, quien llegaba al frente de un Brasil con corona de oro. Al mismo tiempo, los cómics y suplementos ilustrados rendían culto a la «Araña Negra», Lev Yashin, el carismático guardameta de la Unión Soviética. Yashin no era un simple portero; era un guardián imbatible, una sombra voladora vestida de negro absoluto que garantizaba el éxito de su imperio. Los jóvenes aspirantes a porteros del barrio imitaban su estampa, sus gestos y hasta su indumentaria, como quien intenta invocar el poder de un dios.


La caída de los dioses y el muro alemán

Pero el destino es un narrador caprichoso y la frustración no tardó en tocar la puerta de la fanaticada juvenil. Los pronósticos perfectos se desmoronaron como castillos de arena: Pelé cayó herido en batalla, retirándose lesionado, y Brasil fue desterrado del torneo por la Portugal del indomable Eusébio. Por su parte, la Unión Soviética, que marchaba con paso firme hacia la gloria, chocó de frente contra un muro de piedra: el de Franz Beckenbauer y su caballería alemana. Los favoritos quedaron eliminados en el camino, dejando la mesa servida para una final legendaria entre Inglaterra y Alemania.

Aquella mañana de domingo30 de julio, el universo se detuvo en Los Olivos. La gran final se escuchó a través de un viejo radio, cuya señal luchaba heroicamente contra la interferencia y la estática, retransmitiendo lo que parecía suceder en otra dimensión. Inglaterra saboreaba ya la victoria cuando, en el suspiro final del partido, emergió la garra alemana para clavar un empate agónico. Después vendría la prórroga y aquel gol fantasma de los ingleses —polémico y misterioso, pues el mundo aún duda si el balón cruzó la línea—.

 

Desde aquel instante mágico, nació en muchos de nosotros una admiración eterna por el fútbol alemán, ese titán indomable que esculpió en la historia la famosa máxima: «El fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Alemania».

 

El nacimiento de un mito

En fin, la verdadera pasión por el fútbol en Los Olivos no nació en una pantalla, sino en aquel julio de 1966, directamente en el territorio fértil de la imaginación. Los hijos de Los Olivos no vieron ni un solo partido con sus ojos; lo construyeron todo en sus mentes a través de una narración eléctrica que flotaba en el aire, permitiendo que la fantasía juvenil pintara en el cielo del barrio las jugadas más hermosas jamás contadas.


martes, 26 de mayo de 2026

La enigmática mirada de los monos

Puerto Ordaz, al igual que muchas otras ciudades que comparten sus mismas condiciones selváticas y tropicales, siempre ha estado en estrecho contacto con la naturaleza. El hecho de que tenga una represa que originalmente se llamó Macagua y una urbanización bautizada como Mapanare, puede dar una idea de qué era lo que rodeaba a quienes llegaron a fundar y construir esta ciudad en la margen izquierda del Caroní, cerca de su desembocadura en el Orinoco. Pero entre la numerosa fauna que abundaba —y todavía abunda— en el lugar, no puede dejarse de mencionar a los monos, cuya presencia obligó a que uno de los primeros barrios de la ciudad llevara su nombre.

 

Me cuentan personas que formaron parte del grupo de topógrafos que llegó a preparar los trabajos del muelle, las oficinas de la Orinoco Mining Company y las casas que luego ocuparían ingenieros y empleados, que cuando se instalaron —más o menos donde ahora voltean los vagones del tren que llega de Ciudad Piar— montaron unas carpas desde donde comenzaron a realizar su labor. Destacan que, desde ese sitio, siguiendo toda la orilla del río y llegando hasta el parque Cachamay y los lados de Punta Vista, todo era un bosque cerrado donde había todo tipo de animales: venados, tigres, morrocoyes, loros o guacamayas; y, principalmente, monos. El bosque estaba atravesado por quebradas que bajaban desde la parte alta hacia el río. Justo donde en este momento se encuentra lo que queda del mercadito de Puerto Ordaz, junto al edificio Riviera, la vegetación era más espesa y era, tal vez, el sitio idóneo para encontrar a estos primates. Muchas veces ellos no se espantaban con la llegada de los humanos, porque a través de esa vegetación había un pequeño sendero que conducía a un rancho donde, supuestamente, vivía el vigilante de la hacienda antes de que el terreno fuera vendido a los americanos.

 

Cuando la Orinoco Mining Company se instaló formalmente, se levantó una cerca más o menos a la altura de la primera transversal de Castillito. Allí se apostaban quienes se acercaban a pedir trabajo, y en ese lugar los desempleados compartían el tiempo con los numerosos monitos que abundaban. Después, la historia es conocida: el crecimiento explosivo de la ciudad hizo que los animales que habitaban ese bosque se fueran apartando hacia los lados de los parques Cachamay y La Llovizna, donde hoy pueden ser vistos por los visitantes.


 

La selva guayanesa está llena de diferentes primates; hasta cinco o seis familias, me contaba una vez un especialista en fauna silvestre. Destacaba, en particular, a los araguatos en Los Olivos —que con sus berridos marcan el mapa sonoro de la ciudad— o a los capuchinos que corren esperando que les den algo de comer. Con estos animales pasa algo similar a lo que ocurre con las guacamayas de Caracas: son una mezcla de habitantes del bosque y fauna urbana, ya que se acostumbran a convivir con las personas que pasan por su lado y juegan con ellas**,** a diferencia de otras especies más ariscas o salvajes.

 

Una de las cosas que a mí más me ha llamado la atención, por el necesario contacto que he tenido con ellos —no solo en mis permanentes visitas a los parques, sino dentro de la Universidad Católica o el colegio Loyola, a donde llegan como si fueran unos alumnos más—, es la manera como se comportan y, muy especialmente, sus miradas. Inolvidables son los antiguos espacios de Postgrado de la Universidad Católica: siempre teníamos la visita de los monos capuchinos, y había uno que hasta estaba bautizado como Pancho. Merodeaba por los pasillos de acceso a los salones, a veces registraba la basura e inclusive, en la cafetería, le gustaba meter el dedo en los restos de los vasos del café para después chupárselo. Por las tardes, cuando me sentaba en los bancos que están en la entrada del edificio, Pancho venía y se sentaba en el banco de enfrente. Se me quedaba mirando fija y pacientemente, esperando a ver qué hacía, con una mirada que inevitablemente me conducía a la duda: ¿qué estará pensando este mono?

 

Entre las numerosas experiencias que he tenido al toparme con los de la especie capuchino, hay una que creo que vale la pena contar. Entraba al parque La Llovizna con una botellita de agua en la mano y, allí a mano derecha, entre los árboles, había una manada. De repente se me acercó uno que parecía ser de los mayores y empezó a extender las manos, como si estuviera pidiendo algo. Como yo no llevaba comida, no le hice mucho caso, pero de repente me di cuenta de lo que quería, algo que a mí me pareció rarísimo: quería que le diera la botella de agua. Era algo inexplicable, porque quienes conocen La Llovizna saben que abundan los riachuelos por todos lados como para que los animales que lo habitan calmen su sed. Me tomé un poco de líquido y el resto se lo di al mono, quien empezó a beber de la botella como si se tratara de un humano y, cuando terminó, simplemente la tiró.

 

 

Tengo un amigo que siempre reflexiona diciendo que, para fundar nuestra hermosa ciudad, fue necesario sacrificar parte de la naturaleza del lugar. Es cierto. Pero también se debe destacar que se han hecho importantes esfuerzos para que esta no desaparezca, como es el claro ejemplo de la construcción de la represa de Macagua, que tomó en consideración los caudales de agua necesarios para que los parques conservaran su belleza.

 

Todo esto viene a cuento porque el sábado regresé al parque La Llovizna y, como de costumbre, me salieron al encuentro los monitos. Empezaron a caminar al lado mío por un corto trecho, a ver qué podía traerles, interpelándome con esa mirada... esa mirada de la que uno nunca sabe qué certeza o misterio se esconde detrás.

 


martes, 19 de mayo de 2026

Trincheras de papel: donde la poesía se niega a naufragar


En tiempos de pantallas y prisa, existen espacios que se resisten a la desmemoria. De eso me acordé mientras escuchaba las intervenciones de los organizadores del 10º Concurso Buscando Poetas. Esta iniciativa, una trinchera más levantada por Mariela Mendoza y su equipo de Buscadores de Libros, es un faro necesario: intenta evitar que la cultura naufrague en las tormentosas aguas de la vida digitalizada. Al final, estos actos, al igual que la poesía misma, no solo transmiten información; van mucho más allá, reviven el sentimiento y nos devuelven la certeza de lo que somos. Como bien intuía Gustavo Adolfo Bécquer, podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.


El ganador de esta edición resultó ser un joven estudiante de medicina de Ciudad Bolívar, José Gabriel Rondón Aquino, un hecho que me toca de cerca. Pasé parte de mi infancia en esa ciudad, estudiando en el Grupo Escolar Carmen Luna Lezama de Vista Hermosa. Allí, impulsado por el amor de mi padre a la lírica, me animaban constantemente a declamar en actos culturales. Al extremo de que, con escasos doce años, me subí al escenario de la Concha Acústica para interpretar el tétrico y profundo poema de Rubén Darío, Lo fatal. Pero no he venido a hablar de mí, sino de los homenajeados y del evento.



Vale la pena comenzar por los artífices de esta obra. Mariela Mendoza es una persona que demuestra hasta dónde se puede llegar cuando las cosas se hacen con genuino afecto, sin contar con los grandes recursos que hoy se exigen para todo. Esta décima edición de un concurso de elevadísima calidad —que ha contado incluso con jurados internacionales— es prueba de ello. Al lado de Mariela está Diego Rojas Ajmad, otro personaje que al lado del amigo Carlos Yusty realizan un verdadero apostolado en defensa de la literatura, en tiempos donde los lectores parecen una especie en extinción. Por su sapiencia en la materia, Diego se ha convertido en el pilar de este concurso nacional, un producto guayanés de indiscutible valor.



El acto abrió con la intervención de la coral Zaranda y son , integrada, entre otros, por un grupo de entrañables amigas. Personas que no se contentan con la comodidad del desinterés, sino que prefieren seguir colocando pequeños ladrillos en el edificio cultural de la ciudad.


Finalmente, el veredicto nos regaló el poema del ganador: unos versos cargados de palabras que actuaron como dardos sentimentales en el auditorio. La velada cerró con la fuerza de esa creación, recitada magistralmente por una joven voz que conmovió a los presentes, demostrando que, efectivamente, en estas trincheras de papel la poesía permanece invicta.