Hablar de los carnavales en Los Olivos es evocar, en primer lugar, el famoso Olibonche: aquel fiestón organizado en los años 70 con toda la fastuosidad característica de esas fechas, junto a los placeres —bondadosos o pecaminosos— propios del Carnaval. Sin embargo, a la par de esas celebraciones de adultos, coexistían los carnavales escolares, con actos culturales y disfraces que poblaban la fantasía de los niños y, con frecuencia, la de sus padres.
Junto a los grandes festejos, se organizaban los actos en el colegio Yocoima con niños que aún no alcanzaban esa edad donde las "maldades humanas" contaminan la existencia. Hay quien sostiene, incluso, que el primer carnaval celebrado en Los Olivos fue precisamente el escolar. No deseo caer en el pecado del "pionerismo" —esa obsesión por descifrar quién fue el primer que llegó a la vida guayanesa—; simplemente quiero destacar que, revisando un álbum de fotos, me reencontré con imágenes de aquellos días infantiles. En ellas se aprecia el colegio organizando la elección de su reinita, los disfraces de los alumnos y el acto celebrado en el pequeño auditorio de la escuela.
Las fantasías de la infancia se vivían con mayor intensidad en carnaval, aunque casi todo se reducía a la travesura de jugar con agua o a disfrazarse imitando a los héroes del cine o de los cuentos de aventura. Ese era el único entretenimiento en la ciudad de los años 60, especialmente en una urbanización alejada del centro poblado, donde no existía más comunicación humana que el contacto vecinal.
Ahora, los más pequeños están conectados al mundo gracias a las tabletas y los teléfonos. En aquellos días, todo se limitaba a la familia, los compañeros de escuela y los amigos del barrio. Era una manera muy diferente de vivir. Algunos la añoran, argumentando que, si bien no había tanto progreso ni conocimiento, tampoco existían las grandes preocupaciones que agobian a la gente hoy. Por eso, los viejos carnavales tenían un sabor diferente: para muchos, eran el único refugio para desconectarse, aunque fuera momentáneamente, de las amarguras de la vida.

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