Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

viernes, 1 de mayo de 2026

El excluido


La pobreza tiene formas impredecibles. Eso decía un viejo vecino de Los Olivos que pasaba horas fumando mientras veía cómo los muchachos jugábamos fútbol . Era una verdad como un templo, porque por los años 70, cuando todo era prosperidad, la urbanización vivía un ambiente de humilde bonanza; sin estar habitada por millonarios, había una clase media que tenía trabajo y no estaba agobiada por las necesidades. No obstante, por los suburbios se encontraban indiscutibles manifestaciones de los excluidos del bienestar mundano que, por diferentes razones, tienen que llevar una vida precaria.

Esto fue lo que nos encontramos un día en que salimos a cazar por unas sabanas que estaban hacia el oeste, donde después se construyó Villa Africana.

A eso de las tres de la tarde, cuando el sol está en su apogeo y las matas brillan con un verde intenso, íbamos por una carretera de tierra que conduce desde la toma de agua de Toro Muerto hacia los tanques de almacenamiento (por los lados de donde después se construyó la avenida Atlántico). Perseguíamos algunas perdices que corrían delante de nosotros sin alzar el vuelo cuando, de repente, se metieron por un caminito a la izquierda y nos fuimos detrás de ellas.

Después de varios minutos la vegetación cambió y nos encontramos entrando a un pequeño bosque de árboles de mediana altura. Allí, de pronto, vimos un carro viejo. Creo que era un Buick de los años 50; sobresalía porque era de color rojo y blanco. Lo primero que llamó la atención fue que las ventanas estaban cubiertas con plásticos trasparentes, tratando de evitar que entrara el agua o los escasos rayos de sol que pasaban entre las hojas.

Con mucho cuidado nos fuimos por el lado de la puerta del chofer, que abrió perfectamente. Para nuestra sorpresa, encontramos el interior en desorden y deterioro: había una colchoneta, una cocinita de querosén, una botella de agua, paquetes de harina, pasta y creo que algo de condimentos, además de unos libros encima del volante y un saco de ropa en la parte de atrás.

Lo primero que se nos ocurrió es que allí vivía un indigente, porque solo un "loco" podía estar metido en medio de ese monte viviendo dentro de un carro viejo. Pero después fuimos detallando algunas cosas: había un cuaderno con muchas notas y operaciones matemáticas; también una deteriorada versión de Los Miserables de Víctor Hugo y un libro de J.J. Benítez —no me acuerdo si se llamaba El retorno de los brujos—.

Indiscutiblemente el hombre fumaba, porque había una lata de leche condensada llena de colillas. También le entraba al licor, pues había una botella de Cacique por la mitad. Lo demás era papel higiénico y todas esas cositas necesarias para los que quieren acampar, aunque pareciera que quien estaba allí no estaba precisamente de paseo. Por el lado de la puerta del chofer, una vieja silla de esas de director de cine, de un color verde bastante desteñido y colocada en un lugar donde no había mucha maleza, indicaba que era el sitio donde el ocupante se sentaba.

El descubrimiento nos atemorizó. Primero pensamos que era un loco, después un delincuente escondido o tal vez un asesino huyendo de las autoridades. De esas especulaciones no salimos, porque en el rato que estuvimos allí no apareció nadie y, como el sitio no era muy agradable, nos fuimos rápidamente por donde mismo habíamos venido. Nunca tuvimos noticias de quién vivía allí ni qué había pasado con ese carro.

Cuando regresábamos, mi amigo comentó:

—Creo que era un tipo al que botaron del trabajo, porque allí había una camisa de la compañía. Lo que no queda duda es que tiene que estar "tostado". ¿Qué le habrá pasado para que, con tantas cosas buenas que hay en la ciudad, se haya escapado a vivir en ese monte? Allí no solo hay culebras, sino que la plaga atormenta a cualquiera.

Después creció la urbanización y desaparecieron las sabanas, los árboles y las viejas chatarras, entre las que se encontraba aquel modelo de los años 50 que sirvió de hogar a un desesperado que no aguantó la vida en eso que muchos llaman "sociedad". Si la memoria no me juega una mala pasada, el bosque del ermitaño estaba más o menos donde ahora se encuentra la entrada del Guayana Country Club.


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