Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

sábado, 2 de mayo de 2026

Crónica de un despertar amarillo

La ciudad amaneció diferente; el color amarillo apareció donde no se esperaba. El araguaney, el árbol nacional que engalana el paisaje por un día mientras el resto del año permanece humildemente refugiado entre un verde y marrón que pasa inadvertido, ha florecido.

Este fenómeno se aprecia mejor en los parques guayaneses. En La Llovizna y el Cachamay, su gran variedad le agrega al amarillo un matiz intenso que mejora el paisaje boscoso, el cual todavía luce tostado por el verano a pesar de que las recientes lluvias lo refrescaron.

El encuentro con la naturaleza

En la entrada de La Llovizna, antes de llegar al camino alfombrado de amarillo, una familia de monos capuchinos atrae a los visitantes que les toman fotografías; especialmente a una madre que le rascaba la espalda a su monito.


Nada más entrar, encontramos el primer araguaney. No es muy grande, pero es uno de los más elegantes porque su silueta se perfila perfectamente, a diferencia de otros que parecen gigantes desgarbados.

El recorrido por el parque

El camino que bordea el parque está en buen estado —ojalá las calles de Los Olivos estuvieran iguales—. Este baja hasta la orilla del río, cerca del puente por donde atraviesa la avenida después de pasar la entrada del parque rumbo a San Félix.

Después, siguiendo a la izquierda, se sube a una loma donde hay una buena vista para seguir contorneando ese recorrido hacia Pica Pica y la Laguna de las Babas, para continuar hasta terminar en la magia de las cascadas.


A media mañana, el parque se llenó de gente; sobre todo alumnos de colegios y familias que acampan y juegan con los niños. También se pueden ver grupos religiosos que practican sus cultos en medio de la naturaleza, que es un regalo permanente para los guayacitanos.


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