El 11 de julio de 1966, mientras el mundo ponía sus ojos en la lejana Inglaterra para inaugurar el campeonato mundial de fútbol, la urbanización Los Olivos apenas despertaba a la vida. El vecindario era una criatura joven de escasos siete meses; sus primeros pobladores habían colonizado la manzana 11 de la calle Portugal en noviembre de 1965. En aquel entonces, las noticias del planeta no llegaban con la inmediatez de un rayo, sino como susurros distantes. Los pocos medios que alimentaban la imaginación de los muchachos eran los periódicos que viajaban desde Puerto Ordaz y los boletines de las radios locales, que traían ecos de hazañas extranjeras.
Titanes de tinta y ondas de radio
La propaganda de aquella fiesta balompédica esculpía a sus héroes como gigantes mitológicos. Los muchachos del barrio devoraban las revistas deportivas que presentaban al indiscutible rey, Pelé, quien llegaba al frente de un Brasil con corona de oro. Al mismo tiempo, los cómics y suplementos ilustrados rendían culto a la «Araña Negra», Lev Yashin, el carismático guardameta de la Unión Soviética. Yashin no era un simple portero; era un guardián imbatible, una sombra voladora vestida de negro absoluto que garantizaba el éxito de su imperio. Los jóvenes aspirantes a porteros del barrio imitaban su estampa, sus gestos y hasta su indumentaria, como quien intenta invocar el poder de un dios.
La caída de los dioses y el muro alemán
Pero el destino es un narrador caprichoso y la frustración no tardó en tocar la puerta de la fanaticada juvenil. Los pronósticos perfectos se desmoronaron como castillos de arena: Pelé cayó herido en batalla, retirándose lesionado, y Brasil fue desterrado del torneo por la Portugal del indomable Eusébio. Por su parte, la Unión Soviética, que marchaba con paso firme hacia la gloria, chocó de frente contra un muro de piedra: el de Franz Beckenbauer y su caballería alemana. Los favoritos quedaron eliminados en el camino, dejando la mesa servida para una final legendaria entre Inglaterra y Alemania.
Aquella mañana de domingo30 de julio, el universo se detuvo en Los Olivos. La gran final se escuchó a través de un viejo radio, cuya señal luchaba heroicamente contra la interferencia y la estática, retransmitiendo lo que parecía suceder en otra dimensión. Inglaterra saboreaba ya la victoria cuando, en el suspiro final del partido, emergió la garra alemana para clavar un empate agónico. Después vendría la prórroga y aquel gol fantasma de los ingleses —polémico y misterioso, pues el mundo aún duda si el balón cruzó la línea—.
Desde aquel instante mágico, nació en muchos de nosotros una admiración eterna por el fútbol alemán, ese titán indomable que esculpió en la historia la famosa máxima: «El fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Alemania».
El nacimiento de un mito
En fin, la verdadera pasión por el fútbol en Los Olivos no nació en una pantalla, sino en aquel julio de 1966, directamente en el territorio fértil de la imaginación. Los hijos de Los Olivos no vieron ni un solo partido con sus ojos; lo construyeron todo en sus mentes a través de una narración eléctrica que flotaba en el aire, permitiendo que la fantasía juvenil pintara en el cielo del barrio las jugadas más hermosas jamás contadas.


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