Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

martes, 26 de mayo de 2026

La enigmática mirada de los monos

Puerto Ordaz, al igual que muchas otras ciudades que comparten sus mismas condiciones selváticas y tropicales, siempre ha estado en estrecho contacto con la naturaleza. El hecho de que tenga una represa que originalmente se llamó Macagua y una urbanización bautizada como Mapanare, puede dar una idea de qué era lo que rodeaba a quienes llegaron a fundar y construir esta ciudad en la margen izquierda del Caroní, cerca de su desembocadura en el Orinoco. Pero entre la numerosa fauna que abundaba —y todavía abunda— en el lugar, no puede dejarse de mencionar a los monos, cuya presencia obligó a que uno de los primeros barrios de la ciudad llevara su nombre.

 

Me cuentan personas que formaron parte del grupo de topógrafos que llegó a preparar los trabajos del muelle, las oficinas de la Orinoco Mining Company y las casas que luego ocuparían ingenieros y empleados, que cuando se instalaron —más o menos donde ahora voltean los vagones del tren que llega de Ciudad Piar— montaron unas carpas desde donde comenzaron a realizar su labor. Destacan que, desde ese sitio, siguiendo toda la orilla del río y llegando hasta el parque Cachamay y los lados de Punta Vista, todo era un bosque cerrado donde había todo tipo de animales: venados, tigres, morrocoyes, loros o guacamayas; y, principalmente, monos. El bosque estaba atravesado por quebradas que bajaban desde la parte alta hacia el río. Justo donde en este momento se encuentra lo que queda del mercadito de Puerto Ordaz, junto al edificio Riviera, la vegetación era más espesa y era, tal vez, el sitio idóneo para encontrar a estos primates. Muchas veces ellos no se espantaban con la llegada de los humanos, porque a través de esa vegetación había un pequeño sendero que conducía a un rancho donde, supuestamente, vivía el vigilante de la hacienda antes de que el terreno fuera vendido a los americanos.

 

Cuando la Orinoco Mining Company se instaló formalmente, se levantó una cerca más o menos a la altura de la primera transversal de Castillito. Allí se apostaban quienes se acercaban a pedir trabajo, y en ese lugar los desempleados compartían el tiempo con los numerosos monitos que abundaban. Después, la historia es conocida: el crecimiento explosivo de la ciudad hizo que los animales que habitaban ese bosque se fueran apartando hacia los lados de los parques Cachamay y La Llovizna, donde hoy pueden ser vistos por los visitantes.


 

La selva guayanesa está llena de diferentes primates; hasta cinco o seis familias, me contaba una vez un especialista en fauna silvestre. Destacaba, en particular, a los araguatos en Los Olivos —que con sus berridos marcan el mapa sonoro de la ciudad— o a los capuchinos que corren esperando que les den algo de comer. Con estos animales pasa algo similar a lo que ocurre con las guacamayas de Caracas: son una mezcla de habitantes del bosque y fauna urbana, ya que se acostumbran a convivir con las personas que pasan por su lado y juegan con ellas**,** a diferencia de otras especies más ariscas o salvajes.

 

Una de las cosas que a mí más me ha llamado la atención, por el necesario contacto que he tenido con ellos —no solo en mis permanentes visitas a los parques, sino dentro de la Universidad Católica o el colegio Loyola, a donde llegan como si fueran unos alumnos más—, es la manera como se comportan y, muy especialmente, sus miradas. Inolvidables son los antiguos espacios de Postgrado de la Universidad Católica: siempre teníamos la visita de los monos capuchinos, y había uno que hasta estaba bautizado como Pancho. Merodeaba por los pasillos de acceso a los salones, a veces registraba la basura e inclusive, en la cafetería, le gustaba meter el dedo en los restos de los vasos del café para después chupárselo. Por las tardes, cuando me sentaba en los bancos que están en la entrada del edificio, Pancho venía y se sentaba en el banco de enfrente. Se me quedaba mirando fija y pacientemente, esperando a ver qué hacía, con una mirada que inevitablemente me conducía a la duda: ¿qué estará pensando este mono?

 

Entre las numerosas experiencias que he tenido al toparme con los de la especie capuchino, hay una que creo que vale la pena contar. Entraba al parque La Llovizna con una botellita de agua en la mano y, allí a mano derecha, entre los árboles, había una manada. De repente se me acercó uno que parecía ser de los mayores y empezó a extender las manos, como si estuviera pidiendo algo. Como yo no llevaba comida, no le hice mucho caso, pero de repente me di cuenta de lo que quería, algo que a mí me pareció rarísimo: quería que le diera la botella de agua. Era algo inexplicable, porque quienes conocen La Llovizna saben que abundan los riachuelos por todos lados como para que los animales que lo habitan calmen su sed. Me tomé un poco de líquido y el resto se lo di al mono, quien empezó a beber de la botella como si se tratara de un humano y, cuando terminó, simplemente la tiró.

 

 

Tengo un amigo que siempre reflexiona diciendo que, para fundar nuestra hermosa ciudad, fue necesario sacrificar parte de la naturaleza del lugar. Es cierto. Pero también se debe destacar que se han hecho importantes esfuerzos para que esta no desaparezca, como es el claro ejemplo de la construcción de la represa de Macagua, que tomó en consideración los caudales de agua necesarios para que los parques conservaran su belleza.

 

Todo esto viene a cuento porque el sábado regresé al parque La Llovizna y, como de costumbre, me salieron al encuentro los monitos. Empezaron a caminar al lado mío por un corto trecho, a ver qué podía traerles, interpelándome con esa mirada... esa mirada de la que uno nunca sabe qué certeza o misterio se esconde detrás.

 


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