Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

jueves, 14 de mayo de 2026

Pioneros o locos: la odisea de La Piedra del Elefante

El ciclismo en Guayana se ha transformado en una actividad vibrante. Más allá de las competencias de ruta, la exuberancia del paisaje guayanés es una invitación irresistible al paseo de montaña. Como hoy está de moda reconstruir la memoria popular —o, dicho de otro modo, rescatar las anécdotas de nuestra cotidianidad pasada—, quiero relatar cómo la familia Blanco se lanzó a la aventura del mountain bike allá por 1992.



No pretendo colgarnos el cartel de "primeros" ni de "pioneros", pues sé que hoy en día esos títulos tocan fibras sensibles y nadie quiere ver desplazado su lugar en la historia. Simplemente diré que, en aquel 1992, compramos unas bicicletas Shogun en Bici Caroní, tienda del popular Pepe Mozi y empezamos a pedalear por la ciudad. 

Todo iba bien hasta que un día, entre audacia y candidez, se me ocurrió que podíamos ir hasta la Piedra del Elefante en bicicleta… y regresar. 

 Aproximadamente unos 90 kilómetros  entre la ida y la vuelta. Demasiado para unos novatos que acababan de comprar unas bicicletas y ese error de cálculo trajo sus consecuencias 

Los integrantes de aquella expedición fuimos, mis sobrinos, Jorge Ignacio y Alan Pierre, y yo. Salimos a las siete de la mañana desde la urbanización Los Saltos equipados con agua suficiente, una bomba de aire y una "koala" donde guardábamos un pica-cadenas y parches "por si acaso".


Llegamos al elevado que está después de La Piña, rumbo a Ciudad Bolívar, y de allí bajamos a la carretera de tierra que bordea la vía del tren. Sorteando arenales, en tiempos en que el Core 8 no era la extensión que es hoy, alcanzamos el puente que baja hacia Caruachi. Torcemos a la derecha hacia El 70  ( La encrucijada) y seguimos la carretera que conduce a Ciudad Piar hasta que, finalmente, avistamos la mole de la Piedra del Elefante. Nuestra meta: la conocida cueva de los jeroglíficos.


El verdadero desafío, sin embargo, no fue llegar, sino volver.



A medida que la mañana se entregaba al mediodía, el calor se volvió implacable. De regreso a Puerto Ordaz, la brisa dejó de ser aliada para convertirse en un muro que frenaba cada pedaleada. 

El agotamiento nos obligó a establecer un sistema de paradas de emergencia. La primera fue en El 70 para comprar unos Gatorades; la segunda, un respiro necesario bajo el puente de Sisor. Volvimos a detenernos en el elevado antes de La Piña porque mis jóvenes acompañantes ya no daban más. 

El tramo final, desde La Piña hasta Los Altos, lo terminamos en carro: el espíritu aventurero seguía intacto, pero las piernas habían dicho basta.


Fue, en balance, un paseo de dos caras: placentero y épico hacia el Elefante; traumático y extenuante al regreso. Estábamos incursionando en una disciplina que exige condiciones físicas reales, mucho más allá de las buenas intenciones que siempre despierta el afán de aventura.


Las fotos que acompañan este texto son el testimonio gráfico de aquel hito. Según mis recuerdos —respaldados por la fecha de compra de las Shogun—, esto ocurrió poco después de la Semana Santa de 1992. El indicio indiscutible de la época es ver a Jorge Ignacio y a Alan: hoy son adultos que andan por los cuarenta, pero en estas imágenes no eran más que unos niños.


¿Pioneros? No lo sé. Solo quiero decirles a quienes creen que la historia empezó con ellos, que por aquel entonces nosotros ya rodábamos en viejas Shogun hasta la Piedra del Elefante, el cruce de Guri, San Joaquín e incluso Ciudad Bolívar. Lo hacíamos sin pretensiones, sin competir con nadie, solo por el puro gusto de descubrir el mundo sobre dos ruedas.

 


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