El ciclismo en Guayana se ha transformado en una actividad vibrante. Más allá de las competencias de ruta, la exuberancia del paisaje guayanés es una invitación irresistible al paseo de montaña. Como hoy está de moda reconstruir la memoria popular —o, dicho de otro modo, rescatar las anécdotas de nuestra cotidianidad pasada—, quiero relatar cómo la familia Blanco se lanzó a la aventura del mountain bike allá por 1992.
No pretendo colgarnos el cartel de "primeros" ni de "pioneros", pues sé que hoy en día esos títulos tocan fibras sensibles y nadie quiere ver desplazado su lugar en la historia. Simplemente diré que, en aquel 1992, compramos unas bicicletas Shogun en Bici Caroní, tienda del popular Pepe Mozi y empezamos a pedalear por la ciudad.
Llegamos al elevado que está después de La Piña, rumbo a Ciudad Bolívar, y de allí bajamos a la carretera de tierra que bordea la vía del tren. Sorteando arenales, en tiempos en que el Core 8 no era la extensión que es hoy, alcanzamos el puente que baja hacia Caruachi. Torcemos a la derecha hacia El 70 ( La encrucijada) y seguimos la carretera que conduce a Ciudad Piar hasta que, finalmente, avistamos la mole de la Piedra del Elefante. Nuestra meta: la conocida cueva de los jeroglíficos.
El verdadero desafío, sin embargo, no fue llegar, sino volver.
Las fotos que acompañan este texto son el testimonio gráfico de aquel hito. Según mis recuerdos —respaldados por la fecha de compra de las Shogun—, esto ocurrió poco después de la Semana Santa de 1992. El indicio indiscutible de la época es ver a Jorge Ignacio y a Alan: hoy son adultos que andan por los cuarenta, pero en estas imágenes no eran más que unos niños.
¿Pioneros? No lo sé. Solo quiero decirles a quienes creen que la historia empezó con ellos, que por aquel entonces nosotros ya rodábamos en viejas Shogun hasta la Piedra del Elefante, el cruce de Guri, San Joaquín e incluso Ciudad Bolívar. Lo hacíamos sin pretensiones, sin competir con nadie, solo por el puro gusto de descubrir el mundo sobre dos ruedas.




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