Decía un amigo jesuita que cuando las obras son de Dios no desaparecen, sino que permanecen e inclusive se engrandecen. Eso es exactamente lo que considero que ocurre con la parroquia Nuestra Señora de Coromoto de Los Olivos (a la que, en adelante, llamaré simplemente la Iglesia de Los Olivos para facilitar la lectura).
Soy un observador permanente de la vida parroquial. Al vivir muy cerca, el repique de las campanas me anuncia la celebración de los sagrados oficios y el peregrinar de los fieles a las horas señaladas para participar en la Santa Misa se han convertido en mi referencia cotidiana, sin necesidad de consultar el reloj.
La parroquia posee una vitalidad especial no solo por los tiempos litúrgicos que marcan su ritmo, sino por las múltiples actividades de atención y servicio a la comunidad. Todo esto es fruto del compromiso abnegado de sus feligreses y, muy especialmente, del dinamismo incansable de su párroco, el padre José Gregorio Salazar, quien atiende sus deberes pastorales con entrega ejemplar. Da testimonio de ello el rigor y la devoción con que celebra las homilías. Como muestra, la jornada dominical ofrece tres celebraciones Eucarísticas matutinas: la primera a las siete de la mañana, ideal para quienes buscan el encuentro con el Señor al alborear el día; la segunda a las nueve, para quienes prefieren la mañana madura; y la última a las once, en un horario propicio para la juventud que colma el templo, justo en esa hora en que las necesidades del cuerpo comienzan a manifestarse a la par de las ansias del espíritu. Y cierra el día con la misa de la tarde.
En estos tiempos de constante diálogo dentro del catolicismo, se debaten los profundos cambios que la evolución tecnológica —y de manera muy particular la inteligencia artificial— traerá a la vida religiosa. Se escucha a menudo, aun con la mejor intencionalidad, que la Iglesia debe «adaptarse a los nuevos tiempos». Sin embargo, mantengo serias reservas en lo que respecta a la dimensión estrictamente espiritual. Mi labor profesional me ha llevado no solo a estudiar, sino a trabajar de cerca con la virtualidad y la educación a distancia, e incluso a analizar las virtudes y riesgos que la inteligencia artificial plantea hoy en el ámbito académico.
Desde esa perspectiva, y en lo relativo a la fe, me resulta difícil concebir la existencia de una «espiritualidad virtual o artificial».
Hace algunos meses me invitaron a un conversatorio sobre la diferencia entre la esperanza religiosa y la esperanza filosófica. El punto de partida fue el libro sobre la esperanza del filósofo coreano Byung-Chul Han, quien, a través de un recorrido por la mente de ilustres pensadores, intenta descifrar qué significa esperar para el hombre contemporáneo.
Sin ser teólogo de profesión —pues mi terreno de estudio es la filosofía—, he seguido con atención la Doctrina Social de la Iglesia. Recuerdo que el papa Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi («Salvados en la esperanza»), destacaba que la esperanza cristiana es radicalmente distinta del mero optimismo, la expectativa o cualquier sentimiento positivo de carácter profano. Basándose en la Carta a los Efesios, el pontífice nos recordaba que la esperanza religiosa no se fundamenta en un hecho, un dato o —añadiría yo— un algoritmo, sino en el encuentro personal con Dios.
Me llamó la atención que el referido filósofo, tras examinar diversas corrientes teóricas, concluyera que la esperanza es mucho más que una proyección optimista: es un estado del ánimo y una disposición de la existencia. A ello agregaría lo que expresaba Julio Cortázar: la esperanza pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.
¿A dónde quiero llegar con esto? Del mismo modo que la esperanza religiosa trasciende las perspectivas humanas para elevarse al encuentro con lo divino, no creo que la vivencia sacra y comunitaria que se experimenta en el templo pueda ser sustituida por las máquinas. De igual forma, miro con reserva la práctica, cada vez más extendida, de acudir a la inteligencia artificial para aproximarse a la Palabra de Dios; si bien es una herramienta factible, exige suma cautela (aspecto sobre el cual he reflexionado en otra ocasión).
Por ahora, doy gracias a Dios porque, en tiempos de intensa secularización, las campanas siguen sonando y el pueblo de fe continúa acudiendo a la Iglesia de Los Olivos para encontrarse con el Señor en la Santa Misa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario