Los Olivos en 1968, cuando, todavía no era Puerto Ordaz

miércoles, 5 de agosto de 2026

Kung Fu en Los Olivos

A principios de los años 70, una serie de televisión atrapó por completo a los jóvenes de la época —y a otros no tan jóvenes—. Se llamaba Kung Fu y en ella se narraban las aventuras de Kwai Chang Caine, un carismático monje shaolín a quien su maestro llamaba cariñosamente «Pequeño Saltamontes». El protagonista se vio obligado a huir de China hacia el Lejano Oeste estadounidense tras haber vengado la muerte de su mentor. En medio de aquella fiebre por las artes marciales y la cultura oriental que comenzaba a conquistar a Occidente, la serie se ganó de inmediato la empatía del público. En el caso específico que nos ocupa, en esta cálida ciudad sembrada entre el Orinoco, y el Caroni, muchos jóvenes cayeron bajo el hechizo de la pantalla y comenzaron a imitar las costumbres de aquel héroe melancólico.


Saltamontes era un caminante incansable que recorría largos trayectos descalzo o con sencillas sandalias, llevando consigo un mensaje de paz pero repartiendo algunos golpes certeros cuando la situación lo ameritaba. Paralelamente a su formación espiritual, era un experto letal en el arte del combate. Quedaron grabadas en nuestra memoria aquellas escenas recurrentes en las que el personaje, con su apariencia humilde y andrajosa, era subestimado o humillado por matones locales. Poco después, los arrogantes tenían que pagar las consecuencias cuando aquel viajero silencioso se revelaba como un luchador invencible que intentaba evitar el conflicto, pero que desataba una fuerza implacable cuando la justicia lo exigía.


A la acción de Caine la acompañaban siempre profundas reflexiones filosóficas aprendidas en el templo. Frases que, palabras más, palabras menos, se nos quedaron grabadas a fuego: «No busco la violencia, pero no le temo», «Si te doblas como el bambú, no te romperás» o aquella lección sobre el tiempo que nos recordaba que no debíamos dejar que el pasado nos robara el presente.


En la urbanización Los Olivos no tardaron en aparecer verdaderos fanáticos del monje caminante. En parte, porque el trazado del sector siempre ha sido una invitación abierta a andar a pie; podías recorrerlo de punta a punta entre la brisa y la tranquilidad de aquellos años. Por entonces, cuando las distancias hacia el centro de Puerto Ordaz parecían más largas y el transporte era distinto, muchos jóvenes preferían abrazar la filosofía del andante antes que pedir cola o subir a un vehículo.


Vistos desde la distancia del presente, eran tiempos entrañables. Hoy, al evocar aquellos días, los recuerdos regresan con una pizca de nostalgia, trayendo de vuelta a los personajes que una vez poblaron la imaginación y la cotidianidad de los muchachos de Los Olivos.


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