El fútbol marca la pauta: sus equipos *senior* y *super senior* se mantienen casi siempre en los primeros lugares de los torneos regionales, y las escuelitas también crecen en participantes y éxitos.
Cuando se fundó Los Olivos, había tres lugares comunes que marcaban la vida vecinal: el colegio, la iglesia y la cancha de fútbol. La iglesia y la cancha, que han estado a cargo tanto de los feligreses como de los aficionados, se mantienen como un ejemplo distintivo de buena organización. El campanario de la iglesia es un símbolo que se observa desde todas partes y llama a acercarse a las celebraciones religiosas; por su parte, la cancha de fútbol, ubicada en el centro y dispuesta de tal manera que la calle queda más alta que ella, se convierte en una especie de plaza central hacia donde se dirigen todas las miradas de quienes atraviesan la urbanización.
Las mañanas en la cancha despiertan con un simpático grupo de señoras que, sin importarles la edad, bailan alegremente retando así las adversidades de la vida. Después llegan los muchachos a sus entrenamientos. Los miércoles se realizan las populares «caimaneras», donde se juega con más pasión que en un evento de liga profesional, y los sábados los equipos de los mayores salen al terreno para darle continuidad a esa pasión interminable.
Si alguien quiere vivir lo que es la pasión del fútbol para la gente de la urbanización, basta con acercarse a las tribunas y escuchar a fanáticos y jugadores. Allí las jugadas se discuten como si fueran del Mundial, a veces subiendo de tono y exigiendo a los que ya toman la curva de los 60 que tengan la destreza de los jóvenes. Todo esto aderezado con las anécdotas de eventos pasados donde, con éxito o sin él, se vivió de manera intensa esta pasión que no termina.
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