Como es costumbre en todas partes del mundo, el 24 de diciembre es una fiesta religiosa y tradicional que no pasa por debajo de la mesa. En Los Olivos, sin embargo, además de las misas y las costumbres familiares, hay un acontecimiento ineludible que se repite cada año con casi fervor religioso: la Caimanera del 24. Es una actividad que congrega a personas de diferentes edades, quienes parecen querer demostrar que el fútbol es una forma de existir y que el magno evento espiritual de la civilización occidental también se puede celebrar haciendo rodar el balón.
La Caimanera se desarrolla en tres actos:
1. A primera hora, juegan los mayores, esos que se niegan a abandonar la práctica de la disciplina, desafiando la edad.
2. Después, entran en escena los jóvenes que, con su velocidad endiablada, le dan un toque frenético y distinto al encuentro.
3. Por último, llega el compartir, cuando todos se reúnen en la sala múltiple para brindar por el año, la disciplina y la amistad que no desaparece con el tiempo.
Este año, entre los espectadores, se encuentra un pionero de esta costumbre futbolística navideña. Está sentado en la tribuna, acompañado de quienes parecen ser sus familiares, y trata de explicarles de qué se trata este singular encuentro deportivo. El narrador es un sesentón a juzgar por su estampa: una camisa a cuadros amarilla bastante pasada de moda, unos blue jeans desteñidos, escasa cabellera totalmente encanecida y unas viejas botas estilo cowboy. Se recuesta en el asiento y, con ese aire de quien lo ha visto todo, afirma con mucho convencimiento a quienes seguramente son sus nietos:
Miren bien, muchachos. Esto es más que un juego de fútbol, es un ritual. Es nuestra Misa de aguinaldo particular", les susurra, señalando el campo con su barbilla. "Esto empezó a finales de los años 70, cuando la fiebre del fútbol no se apagaba ni en la fiesta de diciembre y se decidió organizar un juego entre solteros contra casados."
Su nieto, intrigado, pregunta: "Pero, abuelo, ¿y la cancha?".
El pionero se ríe, negando con la cabeza y el rostro lleno de orgullo por la memoria: "¡Niños! La cancha no estaba en estas condiciones. Era de tierra, sin tribunas... ¡la tribuna era la acera de la calle! La que está un poco más levantada. Allí se congregaban los espectadores, aprovechando la cercanía de la licorería para calentar el espíritu. Luego, se armaban unas parrillas improvisadas para terminar la jornada."
El tiempo pasó, y la cosa fue cambiando. Ya no se jugó solo entre vecinos; se empezó a invitar a futbolistas destacados de la ciudad, y la Caimanera empezó a agarrar fama. "Agarró fama, como agarra fama todo lo que se mantiene en el tiempo y no desaparece cuando la fiebre se pasa", sentencia. Después vino la construcción de la cancha, las tribunas y el salón donde están los trofeos, las fotos de la historia del fútbol en Los Olivos y la fuente de soda que abastece principalmente de cervecita, la bebida preferida para compartir.
Esta costumbre navideña evolucionó varias veces. Hubo un tiempo en que no solo era una parrillada de fin de juego. Se organizaron grandes fiestas con la aparición de San Nicolás en helicóptero, repartiendo juguetes y almuerzos. Pero, aunque la fiesta se hizo más grande, el fútbol siempre regresaba.
Después vino la pandemia, y cuando la vida volvió a su cauce, la Caimanera regresó en diciembre con la misma pasión y alegría de siempre", continúa el abuelo. "Miren a esos jóvenes, esos son los hijos y nietos de los que empezamos con esto. No importa si perdieron las viejas cualidades o si tienen virtudes nuevas; lo que importa es que están aquí."
La Caimanera es un juego de fútbol entre dos equipos que se seleccionan al momento. A pesar de la informalidad, se le da tanta importancia que jugadores y espectadores comentan el desarrollo y los resultados del juego de la misma manera en que lo harían con los grandes equipos que apasionan a la fanaticada en tiempo de globalización.
No es solo una costumbre futbolera de la Navidad; es un ritual. Pueden pasar muchas cosas, pero hay que venir a la Caimanera del 24 porque, si no, "el año termina mal y seguramente el próximo también empezará cojeando". De aquí se sale normalmente a la cena del 24 y, a veces, la mayoría, va golpeado, tanto por las exigencias del juego como por el compartir posterior, llegando lesionado al encuentro familiar navideño o a la Misa de Medianoche.
Así le contaba el vecino a su familia lo que significaba la Caimanera, destacando la actuación de los jugadores y el recuerdo de los que ya no están físicamente, pero que siguen presentes espiritualmente en esto que puede ser contado de muchas maneras, y que se conoce coloquialmente como "La Caimanera del 24".







